Cuando las cosas de Dios son las más importantes.

1 Crónicas 15.25-16.6

David trae el arca.

Decir que algo tiene importancia o valor para nosotros es una cosa y demostrarlo otra. Escribir Salmos o canciones es una cosa y matar a Goliat otra; planear un espectáculo religioso de alabanzas que implicará un beneficio económico final es una cosa pero hacerlo aunque eso signifique pérdidas que nos llenen de gozo es otra.  Para el rey David traer el arca tuvo un costo; sin embargo, fue un costo que lo lleno de alegría y satisfacción. Veamos:

1. Hacer la obra de Dios tuvo un costo.  El rey David, sus capitanes, los levitas y todo el pueblo tenían responsabilidades diarias a seguir; sin embargo, suspendieron todo lo que tenían que hacer, es decir, la nación entera paralizó sus actividades para traer el arca del pacto (25). Cuando las cosas de Dios son importantes, Dios no se sujeta al plan de actividades diarios, sino dicho plan a Dios.  Paralizar la marcha de una nación no era ni es saludable para la economía y el desarrollo de un pueblo o nación y esto era algo que entendía bien el rey David y su nación. Sin embargo, el hacer la voluntad de Dios estaba por encima de dichos criterios. Es lamentable cuando las personas dicen: no voy a la iglesia porque estoy enfermo “y mañana tengo que ir a trabajar”. Es como tener a Dios en nuestros labios todo el día pero no en nuestros horarios.

2. Lo importante no sólo era hacer la obra de Dios, sino cómo se la hacía (25b, 28).  Para el rey David y el pueblo de Israel traer el arca no era algo que tenían que hacer, sino algo que querían hacer. No sólo era asunto de cumplir con la voluntad de Dios, sino que lo hicieron con alegría. Dios ama al dador alegre, dice la Escritura; ama a aquel que no sólo da de sus ofrendas, sino de su tiempo, de su vida, de todo pero con alegría. Nada que da o hace por Dios es una carga, sino un deseo gratificante.

Cantaban a Dios y el rey danzaba (algo poco apropiado o protocolar para un rey); le dio lo mejor de sí a Dios; era el hombre más feliz, era un hombre conforme al corazón de Jehová. El rey David y los levitas se pusieron atuendos adecuados para dicha ocasión; no fue un acto improvisado. Ese incidente demuestra que todo estaba debidamente planeado; no fue hacer las cosas por hacerlas, sino que cada cosa que se hizo fue hecha con mucho amor.

No es hacer las cosas para Dios con un rostro que expresa desacuerdo o legalismo, que nos mueve sin amor. Es como aquellos novios que acudirán a aquella celebración matrimonial, jamás los veremos serios, fastidiados; jamás los veremos ponerse cualquier cosa para dicha ocasión.

Aplica
¿Has dejado cosas importantes por causa del Señor o su obra? ¿Cuándo fue la última vez que hacer la obra de Dios fue “pérdida” y no “ganancia”? ¿Te quejaste o te alegraste en aquella ocasión? ¿Aceptarías volver a pasar por una situación similar por el Señor?

Ora
Señor, quiero aprender a entregarlo todo por ti y aunque ello implique pérdida... quiero ser feliz al hacerlo.