Ministrar a Dios

1 Crónicas 6.31-48

La liturgia era de vital importancia en el culto judío. Los cantores eran seleccionados cuidadosamente, no sólo por saber cantar bien sino por su espiritualidad y su entrega absoluta a Dios. Se ubicaban en un lugar especial, cada uno en su posición y eran vistos por todos.  Ellos tenían la tarea de inspirar al resto de la congregación en sus cantos y alabanzas al Señor.

La misma importancia que tiene el ministrar a Dios en medio de la congregación, la tiene el ministrar a Dios en lo secreto cuando nadie nos ve ni nos escucha.  El Señor espera que le busquemos en todo tiempo, que cultivemos una íntima relación personal con él y que la expresión de ese encuentro diario y permanente encuentre forma cada vez que participamos del culto eclesial.

Los cantores heredaban el oficio de sus padres, por lo que era considerado un privilegio poder hacerlo.  Hoy en día el privilegio de servir al Señor no se hereda como un derecho que alguien puede reclamar.  Es el Señor quien llama y establece a sus siervos; por ello el ministrar siempre será un privilegio más que un derecho.

Los cantores y servidores del templo, no lo eran porque había una necesidad que suplir, sino que ministraban a Dios, lo bendecían y proclamaban su grandeza en medio de su pueblo. Lo volvían a hacer vez tras vez y la bendición que daban al Señor retornaba a ellos (Salmos 64).

Aplica
¿Alguna vez ministraste a Dios en medio de la congregación? ¿Cómo? Si no lo has hecho aun, busca una congregación en tu localidad donde reunirte con personas nacidas de nuevo y pregunta cómo puedes participar de esta parte tan importante en la vida del creyente.

Ora
Señor, enséñame a adorarte en espíritu y en verdad. Quiero que tu gracia libradora venga hacia mí.