El terror del pueblo

Deuteronomio 5.23-33

El pueblo israelita se aterrorizó al ver la gloria de Dios y su grandeza, y al escuchar su voz, le piden a Moisés que sea el intermediario.

El pueblo de Israel no se considera digno de escuchar directamente la voz de Dios ni de ver Su gloria majestuosa, sin embargo el Señor provoca esto como una prueba más del cumplimiento del pacto para con su pueblo (23-27).

Moisés, a quien Dios había preparado para ser el caudillo del pueblo hebreo, toma su rol siendo el único en ser admitido para hablar con Jehová Dios, como amigo y profeta; es a él a quien se le reveló gradualmente la enseñanza y promesa que Dios tenía para el pueblo de Israel (28-33). Cuando el siervo toma la posición y asume el rol que Dios le ha asignado esto resulta en bendición para el pueblo. Todo lo contrario ocurre cuando se deja de lado lo dispuesto por Dios.

El hombre como pecador, siente terror ante la santa y gloriosa presencia de Dios, pues el pecado le imposibilita acercarse a Él con el corazón y la conciencia limpia. Es por eso que Cristo nos invita a entrar confiadamente al trono de la gracia (Hebreos 4.16), pues el velo ha sido rasgado y Dios se ha manifestado en su plenitud de gracia para con nosotros. 1 Juan 1:9 nos dice “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Esta es la forma en que Dios nos anima a volvernos a él cada vez que sea necesario, a través de nuestro Señor Jesucristo, único intermediario entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2.5).  Por supuesto es importantísima nuestra actitud de dolor y arrepentimiento, y nuestra determinación de apartarnos del mal.

Aplica
¿Estás dependiendo de la gracia de Dios para vivir en comunión con Dios? ¿Crees realmente que si arrepentido confiesas tus pecados, Dios te perdonará? ¿En qué forma práctica se hace evidente tu arrepentimiento cuando confiesas tu pecado? ¿Vives cerca del Señor atendiendo con diligencia su voluntad para ti?

Ora
Amadísimo Padre, te agradezco por haber enviado a tu Hijo para restaurar mi comunión contigo. Tu amor echó fuera mi temor.