No hay primera sin segunda

Jueces 3.1-31

Su mal proceder los llevó de mal en peor.

Aprendamos de sus errores. Habitaron con las naciones que debieron haber exterminado (5). Aceptaron vínculos matrimoniales con ellos (6). Copiaron su religión y sus costumbres (7).

La aplicación a la iglesia, como cuerpo, y al creyente, como individuo, de estos malos pasos es obvia. Ésta fue la historia de Éfeso, que dejó su primer amor (Ap. 2.4). El mal empieza cuando algo suplanta a Dios en nuestros afectos.

El rey de Mesopotamia fue el primer instrumento que usó Dios para castigar a su pueblo y fue su señor durante ocho años. Cuando clamaron, Dios envió como libertador a Otoniel (10); que juzgó a Israel y luego, que salió a la batalla.

Notemos con cuidado el orden de estos eventos: 1. Buscar y fortalecer mi relación con Dios. 2. Juzgar el pecado y eliminarlo de mi vida. 3. Disponerme a conseguir la victoria.

Otoniel obtuvo más que la victoria inmediata ya que dio al pueblo cuarenta años de reposo. Tal vez esto nos ayude a comprender lo que es ser “más que vencedores” (Ro. 8.37).

Eglón, rey de Moab, es el segundo instrumento que Dios usa para castigar a su pueblo. El castigo dura dieciocho años. La ciudad de las palmeras es Jericó (13; Dt. 34.3).

La primera vez, el clamor se oyó a los ocho años de opresión, no a los dieciocho como en la segunda vez. Hay una lección en esto y es que el hombre se acostumbra a la derrota y opresión, y cada vez que cae dilata más tiempo en clamar a Dios.

Observamos que Dios usa a hombres muy distintos para llevar a cabo sus propósitos. Aod, Samgar. La victoria no se debe al arma o estrategia sino a la persona que, al usarla, confía en Dios.

Aplica
Identifica aquellos errores o pecados que te están causando problemas en la vida diaria. ¿Hay algo que haya suplantado a Dios en tu corazón? ¿Cómo te dispones para vivir cada día en victoria?

Ora
Señor, líbrame de los errores que me son ocultos y afírmame en la determinación de abandonar todo camino de pecado.