Y llamarás su nombre Jesús

Lucas 1.26-45


Seis meses después de visitar a Zacarías, Gabriel es enviado por Dios a Nazaret, para visitar a una señorita soltera, pero comprometida.  Un hogar sencillo, sin lujos.  Allí se produce el encuentro de Gabriel con Miriam (nombre hebreo de María) y el increíble anuncio.

No duda como Zacarías cuando pregunta al ángel como será (34), su pregunta es inquisitiva acerca del modo en que esta promesa se hará realidad.  Gabriel describe poéticamente la acción del Espíritu Santo sobre ella (35), sin entrar en tecnicismos anatómicos.  Lo único que necesita saber en realidad es que será la obra directa de Dios, sin intervención humana.  Ella sabe que para Dios no hay nada imposible.

Ella humildemente acepta sumisa la obra de Dios, lo cual no debe hacer sido una cuestión trivial para ella.  Su vida social y especialmente su relación con José la pondrían en una situación mortalmente peligrosa si es descubierta embarazada antes del casamiento.

En el corto diálogo tenemos un testimonio formidable de la identidad del bebé: a) como hombre único en su concepción (35), b) único con paternidad divina, por lo cual es Hijo de Dios (32), c) su nombre dado por Dios (31), d) a diferencia de los demás hombres, será santo, sin pecado (35), e) será Rey eternamente (32, 33).

La noble actitud de Elizabet (41).  En su algarabía por lo que ella misma estaba viviendo, llena del Espíritu Santo, aceptó quedar en segundo plano frente a lo que el Señor había dispuesto en su pariente María.  Algo grande y sumamente importante estaba ya sucediendo.


Aplica
¿Serías capaz de decirle sí a Dios si te llamará a servirle en una situación de peligro? ¿Qué necesitarías saber para decir si o no? ¿Te cuesta ser sumiso al obrar de Dios en tu vida? ¿Serías capaz de mantenerte en un segundo plano y gozarte igual frente a algo más especial que tú?


Ora
Soy tuyo, Señor. Todo mi ser te lo ofrezco hoy.